No direction home

Intensísima sesión de DVD. Años después de la mítica The Last Waltz, y supongo que bastante menos colocado de lo que estaba en aquellos tiempos, Martin Scorsese vuelve a abrir el objetivo sobre la América de los 60-70 a través de uno de sus iconos musicales máximos, el gran Bob Dylan, para mi el personaje más influyente de la historia de la música popular contemporanea. Aunque en el caso de la primera película estamos hablando de una grabación de un concierto único y registrado de un tirón ya a mediados de los 70, y en este último de un documental en toda regla de más de cinco horas, da la sensación de que el aliento que ambos respiran es el mismo: el retrato de una América agitada socialmente en la que aún había esperanza de rebelión ante el poder establecido. Un estallido de libertad que el tiempo ha silenciado, y que a día de hoy probablemente se expresa de una manera muy distinta a través de hip-hop como expresión de las minorías negras (hasta cierto punto, no parece que el despliegue de coches y chicas del gangsta rap sea excesivamente reivindicativo) y de algunos supervivientes del country abiertamente críticos y militantes; Steve Earle, las Dixie Chicks, y a otro nivel el propio Boss participando activamente en la campaña demócrata en las últimas elecciones.
El fresco de la época resulta apasionante, pero al final, lo que realmente hay detrás, es la historia del chico del Medio oeste que escuchaba por la noche las canciones de Woody Guthrie en lejanas emisoras que llegaban con ruido como de nieve, y que un buen día coge la guitarra y se marcha a Nueva York con la absoluta convicción de que es un elegido. Estremece comprobar cómo la sociedad americana convierte en un dios a un tipo que sólo quiere ser un músico, y él tiene que huir peleando a brazo partido, dando respuestas estúpidas a los que le hacen preguntas sesudas en las ruedas de prensa, y finalmente, cambiando radicalmente la orientación de su música hasta dejar desconcertados e indignados a todos los que le rodean. Dylan enchufa la guitarra y pasa el siguiente año de su vida recibiendo insultos por todos los escenarios de Estados Unidos e Inglaterra, con una entereza sobrecogedora, consciente de que ha abierto una puerta que ya no puede cerrar, que el rock ha perdido la inocencia y que el es el oficiante de la ceremonia. Scorsese lo observa casi aturdido, y fija la mirada sobre un momento que como amante de la música reconoce crucial, con una crudeza absolutamente admirable. El tipo que le gritó ¡Judas! es la última voz antes del comienzo de la Historia.

3 Comments:
Yo le vi hace un par de años en Alcalá y fue exactamente lo mismo, toca para el sólo. Ya ni siquiera toca la guitarra, sino el teclado (dicen los expertos que bastante mal, por cierto). Y tocó "Desolation row" y yo ni me enteré. Pero ciertamente es muy difícil ver a un músico de tanta categoría sobre un escenario. A mi no me extraña ese autismo. Creo que siempre fue igual, incluso cuando su música era, como bien dices, el himno de los cambios sociales. Yo tampoco me lo creo como un profeta porque creo que nunca ha querido ser un profeta. Si ves el documental le verás riendose en la cara de los que le hacen preguntas pretenciosas sobre su papel de mesías de los derechos humanos, y lo mismo dice el en su autobiografía. A mi, por el contrario, me fascina la radical soledad del personaje, la sensación de que vive en un mundo propio en el que sólo existe la música y la poesía, y del que él es además absolutamente consciente. Un mundo que siempre fue una tortura para los que le rodeaban, para los que nunca hubo una palabra ni un gesto de comprensión. No creo ser pretencioso si lo comparo con el mundo del Beethoven y el Goya sordos. Por eso puede dar un concierto ante miles de personas y ser absolutamente indiferente. Es un ser humano distinto, y a veces me lo parece sólo mirándole a los ojos.
Tienes razón en lo de los Springsteen y compañía, ni de lejos es la misma situación. Probablemente en los 60 perdieron una partida que ya nunca se volverá a jugar.
También intentó mucho tiempo atrás escribir o escribió de hecho una novela, y creo que hizo sus propios pinitos en el cine intentando producir o dirigir una película. Para eso no vale, y parece que con el tiempo más o menos lo ha acabado por tener claro. El personaje tiene sus claroscuros, no te creas que soy un Dylanita al uso. Pero si me centro en su obra me quedo embobado. Aunque te parezca una infamia mi adorado Prince me recuerda mucho a el: época dorada insuperable, hiperproducción musical, larguísimos periodos de desaparición, imagen pública lejana y confusa... genios a los que adoras o abominas.
Sin duda...
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