03 agosto, 2006

You will never walk alone




A punto ya de cerrar las maletas, me encuentro con la agradable sorpresa de que el nuevo disco de Elvis Costello, previsto en principio para septiembre, está ya en las tiendas. Esta vez junto al gran músico Allen Toussaint, un clásico de New Orleans, el gran McManus vuelve a sobrepasar la genialidad y me deja sin adjetivos. Cuantos más músicos voy conociendo, más escuchando, y más comparando, más aumenta mi admiración por este tipejo de Liverpool. Imposible hacer tantas cosas distintas y tan bien. Da igual que sea este sonido de blues/ soul del nuevo disco, con Burt Bacharach, con Anne-Sophie Mutter, con una Big Band en directo en un festival de jazz, haciendo duos country con reinas del género, él solo con el piano, acompañado de los extraordinarios Imposters, rock, pop, suites clásicas para ballet... todo con una calidad extraordinaria. ¿Cómo es posible que este músico no sea reconocido como un grande indiscutible? ¿Demasiado bueno para ser entendido por el gran público?, ¿aspecto físico enclenque y de empollón? ¿nada comercial?

No olvidaré en la vida el concierto que le vi hace dos años, el día en que repasó todas sus grandes canciones de los 70/80 con una energía y un sonido que no he visto ni de broma en grupos modernos de muchas más campanillas. El día en que, con el escenario recogido y a capella, cantó "You will never walk alone" porque de allí no queríamos movernos nadie. He visto grandes conciertos, pero quizá la emoción más primitiva del rock sólo la he vivido con Springsteen, aquel día de Costello, y puede que hace no más de un mes, en Villalba, escuchando sobrecogido cómo Dylan cantaba "The lonesome death of Hatie Carroll" dejándose el alma; Dylan, a los 65, dando cien conciertos al año, y todavía emocionado y emocionando. Eso es rock'n'roll.

Amigo Santos, me despido por tres semanas. Disfruta la quietud de agosto. Espero leer tus cosas cuando vuelva. Un abrazote.

26 julio, 2006

La infancia y Sandor Marai


Leí en los últimos tiempos un par de libros del escritor hungaro que me gustaron mucho (sobre todo "El último encuentro") y apenas sabía de el que se suicidó, como Zweig, en el exilio, en Estados Unidos, cuando vivía ya hace años lejos del mundo al que perteneció. Me resultó muy atractivo entrar a "Confesiones de un burgués", su autobiografía, y disfruté mucho de sus historias de de principios del siglo XX, de la narración de las vidas de esas noblezas centroeuropeas que ya parecían extrañamente decadentes hasta en sus momentos de máximo esplendor, y que da la sensación de que fueron barridos por la locura de las guerras de la primera mitad del siglo, excepto en los casos en que se mancharon las manos pasando a la gran industria, pagados muchas veces por dinero demasiado poco claro...

El caso es que el libro está bien, pero volvió a ocurrirme algo que ya me había pasado antes: sin duda, la parte más interesante, emocionante y bella es la infancia del personaje. Después sigue teniendo interés, o a veces no, pero nada es tan agradable de leer y de rememorar como los primeros años. Y me ha pasado también con otras autobiografías tan distintas como la de Fernando Savater, o la de Billie Holiday. Por relevante que haya sido la vida del personaje, parece que no tiene tanta importancia como el principio. Quizá nos pasamos el resto de la vida intentando justificar los sueños que tuvimos de niños y que nunca fuimos capaces de conseguir. Y cómo pasa factura si al final tienes que mirar en un espejo tu propia existencia.

28 marzo, 2006

Entre los olivos



En una ocasión, en un AVE camino de Sevilla, un rato después de salir de un Madrid frio y lluvioso, me levanté a tomar algo al bar mientras el tren atravesaba los túneles de Despeñaperros. Justo en el momento en que entraba al vagón, salimos como una flecha a la claridad salvaje de Jaén, donde el sol brillaba como una gran bombilla. Fue tal el torrente de luz que me trastabillé, y confieso que estuve a punto de caerme. Cuando recuperé el equilibrio, me quedé embobado frente a aquel mar de olivos que se perdía en el infinito. El contraste con el Madrid gris que había dejado atrás fue tan grande que no pude durante muchos kilometros despegarme de los cristales, maravillado con aquella claridad, con las lineas onduladas de los olivos llegando al horizonte, con los pueblos que pasaban veloces, como islas encantadas.

Hasta hace unos días no tuve la oportunidad por fin de parar en el mar de olivos. Casi el azar dio con nosotros en Úbeda, en una de esas decisiones de última hora sobre un fin de semana largo, en los que sales con poca seguridad sobre lo que vas a encontrar. Pero la sensación del primer paseo por la ciudad es comparable a la del fogonazo de luz de aquella mañana de invierno en el tren. Las iglesias, los palacios y las casas nobles del Renacimiento más elegante se nos mostraron en un paseo al atardecer que nos dejó absolutamente aturdidos por lo inesperado y por la belleza de todos los rincones. A veces llegas a una ciudad que no conoces, y parece que todo se pone de cara para recibirte: una casa acogedora con una chimenea, una buena cena en un sitio fantástico, algunas voces agradables a las que no les importa echar el rato conversando... La llegada a Úbeda fue como un bálsamo para los sentidos. Con la vecina y también maravillosa Baeza son magníficas para unos días de descanso, y profundamente hermosas, como uno no se espera en medio de aquella marea de olivos, tan sugerente desde fuera, tan agobiante para los que la viven todos los días, como si en realidad les tuviera cercados, en lugar de abrirles camino...

Por si fueran pocos los alicientes, tuve en todo momento encima los recuerdos de un ilustre escritor local que ha cosechado cierta fama fuera. Llegábamos hasta nuestra casa por la Ronda de Antonio Muñoz Molina, y en nuestros tres días allí, pasaban por mi mente una y otra vez recuerdos de la novela que más me ha marcado en mi vida. Las calles de Úbeda eran también las del Muñoz Molina adolescente de "El Jinete Polaco", el chico tímido que soñaba con ser escritor, y que escuchaba las historias de emparedados en los viejos palacios, las de su abuelo militar que se resistió a la sublevación y que fue fusilado; el chico ahogandose en una ciudad de provincias, aún hoy pequeña y tradicional, eque se escapaba con sus amigos a fumar marihuana y emborracharse mientras escuchaban una y otra vez "Riders on the storm". Todo se me hacía mucho más melancólico cuando me imaginaba al tipo que tantas horas de alegría me ha dado después con sus libros, pasear meditabundo por aquellas calles, las de una ciudad cerrada pero deslumbrante. Una ciudad que en la ficción tiene el hermoso nombre de Mágina, como la sierra que se veía en el horizonte desde nuestra casa, azul y suave, allá donde terminan los olivos.

22 marzo, 2006

Por el mundo de los sueños de Miyazaki


La música hipnótica de Joe Hisaishi, esa vals vibrante y hermoso, terminaba de desgranar las últimas notas mientras los títulos de crédito pasaban en japonés. Y curiosamente, la música terminó, las luces se encendieron, y todavía bastantes nos resistíamos a levantarnos, mirándonos con tontas sonrisas de felicidad, con una sensación física de recién levantados a pesar de que rozábamos la medianoche. De las películas de Hayao Miyazaki sale uno como de una noche larguísima, de uno de esos sueños densos, como si estuvieran hechos de goma, de las que a veces te despiertas abruptamente y te gustaría volver a retomar en el mismo punto. Te enreda sin que te des cuenta en su mundo de ensoñaciones, un mundo en el que las historias van a un ritmo distinto al que conocemos, definitivamente oriental, un revuelo de imágenes oníricas que de repente se paran de manera exquisita en el detalle para dejar desarmado al espectador, que no está acostumbrado a estas sutilezas. Un placer inenarrable para los sentidos del que es difícil desconectar para volver al mundo real.

Nacido en 1941 en Tokio, Miyazaki empezó desde muy joven a trabajar en animación, y fue puliendo su estilo en largos años de series televisivas y trabajo de serie B, entre las que se incluye la inefable Heidi, que aún hoy en día, sobre todo en España, se sigue inevitablemente citando en su currículo, cuando realmente corresponde a su prehistoria en todos los aspectos que uno pueda imaginar. A partir del 84, con Nausicaa del valle del viento comenzó una imparable escalada de calidad en sus largometrajes de animación, que no ha hecho más que aumentar su fama hasta alcanzar niveles de reconocimiento extraordinarios. En todo Extremo Oriente es una leyenda, pero a raíz de sus últimas películas los propios animadores americanos han reconocido de forma unánime su talento y le han reconocido como el indiscutible maestro mundial. El Viaje de Chihiro, probablemente su obra maestra,ganó el Óscar y el Oso de Oro del Festival de Berlín, algo al alcance de pocas películas de las de actores de piel de verdad.

Con más de dos años de retraso se acaba de estrenar en España Howl’s moving castle (traducida de manera infame como “El castillo ambulante”), su última obra por el momento, y de las pocas que nos quedarán por ver de un autor que tiene ya 65 años y que amenaza siempre con retirarse tras cada película, agotado en los intensísimos períodos de producción. Miyazaki vuelve de nuevo a su mundo de valientes heroínas adolescentes, magos, brujas, dioses, máquinas volantes, castillos, atardeceres sobre luces de ciudades lejanas y ancianos protectores. La lucha entre el hombre y la naturaleza es un una constante también de sus películas, en las que sus personajes viven siempre en un mundo fronterizo entre culturas, en el que se entremezclan elementos del pasado y el futuro más tecnológico, dioses de la tradición japonesa y terribles monstruos que nacen del choque cultural entre el mundo rural y la industrialización, que tan virulento fue en un país de tradiciones milenarias. Un mundo complejo, bien es cierto, al que no todo el mundo accede igual de bien, y no se si muy fácil para los niños. En todo caso, cuando se entra, resulta imposible salir.

13 febrero, 2006

Bailando viendo bailar


Hace ya un par de semanas, pero no quería dejar de escribir algo sobre mi paso por el Teatro Albéniz para ver a Tamara Rojo y a Julio Bocca, junto al Ballet Argentino que dirige el último. Uno de esos eventos que levantan enorme expectación, ya que era la primera vez que ambos bailaban juntos; el argentino se retira el próximo año, por lo que es seguro que ya no habrá otra oportunidad.

Soy un recién llegado al ballet, lo reconozco. Creo que era la tercera o cuarta vez que iba a un ballet clásico, aunque sí soy un habitual en los buenos espectáculos de baile flamenco que afortunadamente son habituales en Madrid. Hubo una primera vez en la que, de forma casi casual, me encontré sentado en un patio de butacas esperando el inicio de "Giselle" sin saber a lo que me enfrentaba. Casi tres horas después salí... emocionado, no me importa confesarlo. Es un espectáculo de una sutileza extraordinaria, algo tan delicado que casi parece un milagro en estos tiempos de la percusión y el grito. La asombrosa coordinación, la belleza de la música, la expresividad del cuadro... y por supuesto, el cuerpo humano danzando, la armonía perfecta que respira cada centímetro de piel. Leía hace poco una explicación científica sobre el disfrute tan especial que nos produce contemplar la danza, según la cual, cuando estamos viendo bailar, la imagen que se produce en nuestra mente es como si ya estuviéramos bailando, como si pudiéramos superar las barreras que nuestro cuerpo nos impone y estuviéramos volando como a veces parece que lo hacen los bailarines.

Ya había visto el pasado año a Bocca haciendo baile contemporaneo: está al final de su carrera, cuando el cuerpo ya no resiste para hacer determinados Pas de deux, pero está en pleno apogeo de expresividad con el menor desgaste físico, bailando con las manos y la mirada, y bailando también sin bailar, en esos momentos en que la pausa es más emocionante que seguir en movimiento. Nunca había visto a Tamara Rojo, y percibes desde el primer momento la calidad de la estrella, cuando, más allá de la técnica impecable, hay una personalidad distinta sobre el escenario. Alguien que parece bailar desde otra dimensión, el gesto de la cara, esa piel blanca que parece irradiar la luz, una presencia que llena completamente el teatro. Sus apariciones fueron sólo en algunos números, por lo que espero la oportunidad de volver a ver a esta mujer prodigiosa en alguna obra completa.

Habrá que seguir insistiendo con el ballet clásico. Ya lo he disfrutado en estas primeras veces, pero espero que algún día me pegue el mismo mordisco en el estómago que he sentido al vuelo del cajón flamenco, como aquel día prodigioso en que Eva Yerbabuena, en medio de un huracán de brazos y de música, se paró y dió un paso lentísimo, eterno, como si aguantara en los pulmones todo el aire de la noche de verano y mil años de baile de los gitanos, y después explotó de nuevo en una locura de tientos y bulerías, sin aliento para recuperarnos.

06 febrero, 2006

London calling




La semana pasada he estado unos días en Londres por temas de trabajo. No muy interesante, claro, largas sesiones de formación, y horas haciendo pasillos, conociendo gente y buscando contactos. Mi empresa está en Croydon, en la ruta de Brighton y del aeropuerto de Gatwick, un sitio enorme y gris, lleno de oficinas, partido en dos por el paso continuo de trenes de cercanías, una de esas estampas británicas de bruma industrial de las que viven las playas españolas, un sitio donde el lujo es el sol. Tiene un pequeño nucleo central donde hay un pequeño mercado de frutas, y casas que aún recuerdan que algún día debió de ser un country place, un sitio donde vivirían pacífico campesinos y algún londinense que vendría a pasar el weekend. A día de hoy, lo único interesante que queda es Beanos, conocida como la mayor tienda de discos de segunda mano de Inglaterra, una tienda enorme que ocupa dos de las viejas casas del caso antiguo y que es absolutamente encantadora. No llego al nivel de ser coleccionista de vinilos, pero aún así es fantástico pasearse entre los anaqueles, revisar las viejas portadas tamaño LP, disfrutar de las piezas antiguas, los discos de oro (1.500 libras uno de los Stones) , el pequeño escenario que abren todos los sábados y la planta superior abuhardillada, decorada con radios antiguas, con viejos asientos de cine. Bien mereció una comida perdida.

Sólo estuve una noche en Londres, pero la ventaja de las tiendas de discos de Picadilly es que abren hasta muy, muy tarde. Ahora que en muchos sitios en España las tiendas empiezan a bajar la superficie de venta dedicada a discos, aquello empieza de nuevo a parecer otro mundo, como en mi primer viaje de hace 15 años, cuando encontrabas una calidad y una cantidad inconcebibles aquí. La nómina fue larga: My Morning Jacket, Kasabian, Martha Wainwright, The Rakes, viejos discos de The Fall y Gerry and the Peacemakers, el paraiso a 6 libras por disco y casi a las doce de la noche.

Además, he tenido la suerte de vivir allí unos días de ilusión que se habían transmitido ya por media Europa: los fans británicos y los que los seguimos desde fuera esperábamos con una excitación que yo no recordaba en años la salida en esos días del primer disco de los Arctic Monkeys, un grupo de Sheffield cuyos miembros no pasan de los veinte años, y que se ha convertido en la nueva sensación. Los Monkeys son el primer gran ejemplo de grupo cuyas maquetas empezaron a circular por Internet, y cuya fama fue creciendo como un volcán sin haber publicado ni una sola canción en un soporte físico: el resultado final, apabullante, 367.000 copias vendidas en la primera semana, record absoluto de la historia de Inglaterra para un disco de debut. Las consideraciones sobre el mercado musical que se extraen de la historia son interminables. Yo, sobre la marcha, me quedo con la pasmosa electricidad y ganas de hacer música que transmite el disco, y sobre todo, con los días que he vivido en Londres, la excitación con la que todo el mundo hablaba del grupo, las portadas de las revistas, el telediario de la BBC en directo, la sensación maravillosa de que empieza algo grande, de que esa nueva música volverá a darnos momentos de felicidad de esos que sólo tres minutos de trallazo de una canción pop te pueden dar. Sólo por eso va mereciendo la pena la vida.

23 enero, 2006

No direction home


Intensísima sesión de DVD. Años después de la mítica The Last Waltz, y supongo que bastante menos colocado de lo que estaba en aquellos tiempos, Martin Scorsese vuelve a abrir el objetivo sobre la América de los 60-70 a través de uno de sus iconos musicales máximos, el gran Bob Dylan, para mi el personaje más influyente de la historia de la música popular contemporanea. Aunque en el caso de la primera película estamos hablando de una grabación de un concierto único y registrado de un tirón ya a mediados de los 70, y en este último de un documental en toda regla de más de cinco horas, da la sensación de que el aliento que ambos respiran es el mismo: el retrato de una América agitada socialmente en la que aún había esperanza de rebelión ante el poder establecido. Un estallido de libertad que el tiempo ha silenciado, y que a día de hoy probablemente se expresa de una manera muy distinta a través de hip-hop como expresión de las minorías negras (hasta cierto punto, no parece que el despliegue de coches y chicas del gangsta rap sea excesivamente reivindicativo) y de algunos supervivientes del country abiertamente críticos y militantes; Steve Earle, las Dixie Chicks, y a otro nivel el propio Boss participando activamente en la campaña demócrata en las últimas elecciones.

El fresco de la época resulta apasionante, pero al final, lo que realmente hay detrás, es la historia del chico del Medio oeste que escuchaba por la noche las canciones de Woody Guthrie en lejanas emisoras que llegaban con ruido como de nieve, y que un buen día coge la guitarra y se marcha a Nueva York con la absoluta convicción de que es un elegido. Estremece comprobar cómo la sociedad americana convierte en un dios a un tipo que sólo quiere ser un músico, y él tiene que huir peleando a brazo partido, dando respuestas estúpidas a los que le hacen preguntas sesudas en las ruedas de prensa, y finalmente, cambiando radicalmente la orientación de su música hasta dejar desconcertados e indignados a todos los que le rodean. Dylan enchufa la guitarra y pasa el siguiente año de su vida recibiendo insultos por todos los escenarios de Estados Unidos e Inglaterra, con una entereza sobrecogedora, consciente de que ha abierto una puerta que ya no puede cerrar, que el rock ha perdido la inocencia y que el es el oficiante de la ceremonia. Scorsese lo observa casi aturdido, y fija la mirada sobre un momento que como amante de la música reconoce crucial, con una crudeza absolutamente admirable. El tipo que le gritó ¡Judas! es la última voz antes del comienzo de la Historia.