Entre los olivos

En una ocasión, en un AVE camino de Sevilla, un rato después de salir de un Madrid frio y lluvioso, me levanté a tomar algo al bar mientras el tren atravesaba los túneles de Despeñaperros. Justo en el momento en que entraba al vagón, salimos como una flecha a la claridad salvaje de Jaén, donde el sol brillaba como una gran bombilla. Fue tal el torrente de luz que me trastabillé, y confieso que estuve a punto de caerme. Cuando recuperé el equilibrio, me quedé embobado frente a aquel mar de olivos que se perdía en el infinito. El contraste con el Madrid gris que había dejado atrás fue tan grande que no pude durante muchos kilometros despegarme de los cristales, maravillado con aquella claridad, con las lineas onduladas de los olivos llegando al horizonte, con los pueblos que pasaban veloces, como islas encantadas.
Hasta hace unos días no tuve la oportunidad por fin de parar en el mar de olivos. Casi el azar dio con nosotros en Úbeda, en una de esas decisiones de última hora sobre un fin de semana largo, en los que sales con poca seguridad sobre lo que vas a encontrar. Pero la sensación del primer paseo por la ciudad es comparable a la del fogonazo de luz de aquella mañana de invierno en el tren. Las iglesias, los palacios y las casas nobles del Renacimiento más elegante se nos mostraron en un paseo al atardecer que nos dejó absolutamente aturdidos por lo inesperado y por la belleza de todos los rincones. A veces llegas a una ciudad que no conoces, y parece que todo se pone de cara para recibirte: una casa acogedora con una chimenea, una buena cena en un sitio fantástico, algunas voces agradables a las que no les importa echar el rato conversando... La llegada a Úbeda fue como un bálsamo para los sentidos. Con la vecina y también maravillosa Baeza son magníficas para unos días de descanso, y profundamente hermosas, como uno no se espera en medio de aquella marea de olivos, tan sugerente desde fuera, tan agobiante para los que la viven todos los días, como si en realidad les tuviera cercados, en lugar de abrirles camino...
Por si fueran pocos los alicientes, tuve en todo momento encima los recuerdos de un ilustre escritor local que ha cosechado cierta fama fuera. Llegábamos hasta nuestra casa por la Ronda de Antonio Muñoz Molina, y en nuestros tres días allí, pasaban por mi mente una y otra vez recuerdos de la novela que más me ha marcado en mi vida. Las calles de Úbeda eran también las del Muñoz Molina adolescente de "El Jinete Polaco", el chico tímido que soñaba con ser escritor, y que escuchaba las historias de emparedados en los viejos palacios, las de su abuelo militar que se resistió a la sublevación y que fue fusilado; el chico ahogandose en una ciudad de provincias, aún hoy pequeña y tradicional, eque se escapaba con sus amigos a fumar marihuana y emborracharse mientras escuchaban una y otra vez "Riders on the storm". Todo se me hacía mucho más melancólico cuando me imaginaba al tipo que tantas horas de alegría me ha dado después con sus libros, pasear meditabundo por aquellas calles, las de una ciudad cerrada pero deslumbrante. Una ciudad que en la ficción tiene el hermoso nombre de Mágina, como la sierra que se veía en el horizonte desde nuestra casa, azul y suave, allá donde terminan los olivos.

