28 marzo, 2006

Entre los olivos



En una ocasión, en un AVE camino de Sevilla, un rato después de salir de un Madrid frio y lluvioso, me levanté a tomar algo al bar mientras el tren atravesaba los túneles de Despeñaperros. Justo en el momento en que entraba al vagón, salimos como una flecha a la claridad salvaje de Jaén, donde el sol brillaba como una gran bombilla. Fue tal el torrente de luz que me trastabillé, y confieso que estuve a punto de caerme. Cuando recuperé el equilibrio, me quedé embobado frente a aquel mar de olivos que se perdía en el infinito. El contraste con el Madrid gris que había dejado atrás fue tan grande que no pude durante muchos kilometros despegarme de los cristales, maravillado con aquella claridad, con las lineas onduladas de los olivos llegando al horizonte, con los pueblos que pasaban veloces, como islas encantadas.

Hasta hace unos días no tuve la oportunidad por fin de parar en el mar de olivos. Casi el azar dio con nosotros en Úbeda, en una de esas decisiones de última hora sobre un fin de semana largo, en los que sales con poca seguridad sobre lo que vas a encontrar. Pero la sensación del primer paseo por la ciudad es comparable a la del fogonazo de luz de aquella mañana de invierno en el tren. Las iglesias, los palacios y las casas nobles del Renacimiento más elegante se nos mostraron en un paseo al atardecer que nos dejó absolutamente aturdidos por lo inesperado y por la belleza de todos los rincones. A veces llegas a una ciudad que no conoces, y parece que todo se pone de cara para recibirte: una casa acogedora con una chimenea, una buena cena en un sitio fantástico, algunas voces agradables a las que no les importa echar el rato conversando... La llegada a Úbeda fue como un bálsamo para los sentidos. Con la vecina y también maravillosa Baeza son magníficas para unos días de descanso, y profundamente hermosas, como uno no se espera en medio de aquella marea de olivos, tan sugerente desde fuera, tan agobiante para los que la viven todos los días, como si en realidad les tuviera cercados, en lugar de abrirles camino...

Por si fueran pocos los alicientes, tuve en todo momento encima los recuerdos de un ilustre escritor local que ha cosechado cierta fama fuera. Llegábamos hasta nuestra casa por la Ronda de Antonio Muñoz Molina, y en nuestros tres días allí, pasaban por mi mente una y otra vez recuerdos de la novela que más me ha marcado en mi vida. Las calles de Úbeda eran también las del Muñoz Molina adolescente de "El Jinete Polaco", el chico tímido que soñaba con ser escritor, y que escuchaba las historias de emparedados en los viejos palacios, las de su abuelo militar que se resistió a la sublevación y que fue fusilado; el chico ahogandose en una ciudad de provincias, aún hoy pequeña y tradicional, eque se escapaba con sus amigos a fumar marihuana y emborracharse mientras escuchaban una y otra vez "Riders on the storm". Todo se me hacía mucho más melancólico cuando me imaginaba al tipo que tantas horas de alegría me ha dado después con sus libros, pasear meditabundo por aquellas calles, las de una ciudad cerrada pero deslumbrante. Una ciudad que en la ficción tiene el hermoso nombre de Mágina, como la sierra que se veía en el horizonte desde nuestra casa, azul y suave, allá donde terminan los olivos.

4 Comments:

Blogger Pompeyo Guimarán said...

Sorprendentemente no he leido aún "Beatus ille", yo que soy un gran admirador de Muñoz Molina. Es uno de esos libros que se te quedan en el cajón y nunca terminan de encontrar su momento. Pero mi estupor nunca deja de crecer, porque acabo de terminar "Ardor guerrero", en el que nunca había tenido mucha fe, y la verdad es que lo he devorado. Nunca pensé que me iban a interesar quinientas páginas de un tio contando su mili, pero claro, hablamos de Antonio Muñoz Molina. ¡Entrada propia en La Almáciga, ya!

Me alegro de que ya conocierais las ciudades gemelas. La verdad es que mi fascinación de ese fin de semana tuvo motivos más que suficientes por lo que allí había, pero también respondió a un estado de ánimo algo acelerado que se encontró con una tranquilidad que necesitaba. Ya sabes, llegamos de la gran ciudad, vemos tres arbolitos chaparros, cuatro columnas que hacen romano, comemos un paté de perdiz de los que encuentras en Alcampo, y echamos una charla con un lugareño desocupado, y pensamos que hemos encontrado el paraíso perdido...

11:42 a. m.  
Blogger Pompeyo Guimarán said...

Por cierto, tienes toda la razón con lo de Sabina, a este si que no le ubico dando paseos melancólicos. Yo creo que este nació en realidad en Lavapiés y lo de Úbeda lo dice para hacerse el interesante. Aunque ahora que lo pienso si que tuve un cierto contacto con la Úbeda "underground": una simpática camarera nos aconsejó un bar de copas cercano "si nos gustaba la música", y nos encontramos la sorpresa de un garito de aspecto convencional en que lo primero que escuchamos fue Bjork y Radiohead... y el resto de la noche en la misma linea sin concesiones. Momento culminante, claro, aquel en el que el tipo pincha "Segundo premio" de Los Planetas, una de mis canciones fetiche, la primera que escucho todos los 1 de enero desde hace ya tiempo. Al irnos le di la enhorabuena y una de dos, o se pensó que estaba muy borracho o que era el típico tontaina madrileño que se piensa que sólo escuchan el tractor amarillo. Pero bueno, lo cierto es que contribuyó a esa primera noche perfecta que tan ubetobaezense me hizo sentir.

12:07 p. m.  
Blogger Pompeyo Guimarán said...

Conozco esa tesis de Diego Manrique, publicó un artículo en esa línea en el Rolling Stone de hace un par de meses. De hecho intenté sacar el tema en el blog de la revista, pero nadie se animó a charlar del tema, les debió parecer demasiado sutil... comparto su opinión, en el propio blog de RS, del que soy un elemento muy activo, hacen estragos los entrañablemente conocidos como "gafapastas" que se han convertido en unos talibanes´, y de los que uno se rie con una facilidad chocante. En fin, no me provocas porque te aseguro que no soy un indie al uso, de hecho los propios Planetas, sumos sacerdotes de la religion gafapástica, dejaron de interesarme más allá del disco siguiente a "Una semana en el motor de un autobus". Ahora, este es una obra maestra. Por cierto, aunque no venga al caso, aprovecho para aconsejarte el último disco del extraordinario Elvis Costello http://www.allmusic.com/cg/amg.dll?p=amg&sql=10:bmeq97ygkr0t

Yo ha llegado un momento en que empiezo a verle como el más grande, que diría nuestro amigo Juan.

¿No te gustó "Ventanas de Manhattan"? A mi me encantó, no es desde luego de la perfección de sus novelas, pero me pareció el libro de un sabio maravilloso, otro espejo de su vida que me interesó mucho.

9:12 p. m.  
Blogger Pompeyo Guimarán said...

Glubs, se me escapa ese nivel de análisis, ya que yo no he sido desde luego un "legal alien" en Estados Unidos como tu. Pero entiendo que te sea fácil percibir el matiz. De hecho, lo que el cuenta es una estancia temporal, si no recuerdo mal, aunque era sea vecino de Nueva York. Esa segunda parte sería, desde luego, apasionante.

Creo que ya hemos hablado en alguna ocasión de las etapas oscuras de Costello, y de sus discos más densos, de esos en los que parece que te echan una manta por encima y no deja pasar ni la luz. Este último es una grabación en directo en un festival de jazz, junto a una big band, y es todo lo contrario, un rayo de luz, tanto cuando hace versiones de estandares, como cuando se autoversiona: increible revisitando "Clubland" o "Watching the detectives". En la versión que compré hay un CD adicional con "Il sogno" esa obra clásica que escribió, creo que para acompañar un ballet, y que en mi ignorancia sobre esa música parece muy buena. Lo que impresiona desde luego es lo polifacético del personaje: es el mismo el tío que yo vi el año pasado en uno de los mejores conciertos de pop/rock de mi vida, el que hace discos con Burt Bacharach, con una Big Band, con Anne-Sophie Mutter, con su mujer Diana Krall, de repente una suite clásica... me parece un músico muy por encima de cualquiera de su generación, aunque a veces pueda ser tan oscuro.

6:47 p. m.  

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