06 febrero, 2006

London calling




La semana pasada he estado unos días en Londres por temas de trabajo. No muy interesante, claro, largas sesiones de formación, y horas haciendo pasillos, conociendo gente y buscando contactos. Mi empresa está en Croydon, en la ruta de Brighton y del aeropuerto de Gatwick, un sitio enorme y gris, lleno de oficinas, partido en dos por el paso continuo de trenes de cercanías, una de esas estampas británicas de bruma industrial de las que viven las playas españolas, un sitio donde el lujo es el sol. Tiene un pequeño nucleo central donde hay un pequeño mercado de frutas, y casas que aún recuerdan que algún día debió de ser un country place, un sitio donde vivirían pacífico campesinos y algún londinense que vendría a pasar el weekend. A día de hoy, lo único interesante que queda es Beanos, conocida como la mayor tienda de discos de segunda mano de Inglaterra, una tienda enorme que ocupa dos de las viejas casas del caso antiguo y que es absolutamente encantadora. No llego al nivel de ser coleccionista de vinilos, pero aún así es fantástico pasearse entre los anaqueles, revisar las viejas portadas tamaño LP, disfrutar de las piezas antiguas, los discos de oro (1.500 libras uno de los Stones) , el pequeño escenario que abren todos los sábados y la planta superior abuhardillada, decorada con radios antiguas, con viejos asientos de cine. Bien mereció una comida perdida.

Sólo estuve una noche en Londres, pero la ventaja de las tiendas de discos de Picadilly es que abren hasta muy, muy tarde. Ahora que en muchos sitios en España las tiendas empiezan a bajar la superficie de venta dedicada a discos, aquello empieza de nuevo a parecer otro mundo, como en mi primer viaje de hace 15 años, cuando encontrabas una calidad y una cantidad inconcebibles aquí. La nómina fue larga: My Morning Jacket, Kasabian, Martha Wainwright, The Rakes, viejos discos de The Fall y Gerry and the Peacemakers, el paraiso a 6 libras por disco y casi a las doce de la noche.

Además, he tenido la suerte de vivir allí unos días de ilusión que se habían transmitido ya por media Europa: los fans británicos y los que los seguimos desde fuera esperábamos con una excitación que yo no recordaba en años la salida en esos días del primer disco de los Arctic Monkeys, un grupo de Sheffield cuyos miembros no pasan de los veinte años, y que se ha convertido en la nueva sensación. Los Monkeys son el primer gran ejemplo de grupo cuyas maquetas empezaron a circular por Internet, y cuya fama fue creciendo como un volcán sin haber publicado ni una sola canción en un soporte físico: el resultado final, apabullante, 367.000 copias vendidas en la primera semana, record absoluto de la historia de Inglaterra para un disco de debut. Las consideraciones sobre el mercado musical que se extraen de la historia son interminables. Yo, sobre la marcha, me quedo con la pasmosa electricidad y ganas de hacer música que transmite el disco, y sobre todo, con los días que he vivido en Londres, la excitación con la que todo el mundo hablaba del grupo, las portadas de las revistas, el telediario de la BBC en directo, la sensación maravillosa de que empieza algo grande, de que esa nueva música volverá a darnos momentos de felicidad de esos que sólo tres minutos de trallazo de una canción pop te pueden dar. Sólo por eso va mereciendo la pena la vida.