23 enero, 2006

No direction home


Intensísima sesión de DVD. Años después de la mítica The Last Waltz, y supongo que bastante menos colocado de lo que estaba en aquellos tiempos, Martin Scorsese vuelve a abrir el objetivo sobre la América de los 60-70 a través de uno de sus iconos musicales máximos, el gran Bob Dylan, para mi el personaje más influyente de la historia de la música popular contemporanea. Aunque en el caso de la primera película estamos hablando de una grabación de un concierto único y registrado de un tirón ya a mediados de los 70, y en este último de un documental en toda regla de más de cinco horas, da la sensación de que el aliento que ambos respiran es el mismo: el retrato de una América agitada socialmente en la que aún había esperanza de rebelión ante el poder establecido. Un estallido de libertad que el tiempo ha silenciado, y que a día de hoy probablemente se expresa de una manera muy distinta a través de hip-hop como expresión de las minorías negras (hasta cierto punto, no parece que el despliegue de coches y chicas del gangsta rap sea excesivamente reivindicativo) y de algunos supervivientes del country abiertamente críticos y militantes; Steve Earle, las Dixie Chicks, y a otro nivel el propio Boss participando activamente en la campaña demócrata en las últimas elecciones.

El fresco de la época resulta apasionante, pero al final, lo que realmente hay detrás, es la historia del chico del Medio oeste que escuchaba por la noche las canciones de Woody Guthrie en lejanas emisoras que llegaban con ruido como de nieve, y que un buen día coge la guitarra y se marcha a Nueva York con la absoluta convicción de que es un elegido. Estremece comprobar cómo la sociedad americana convierte en un dios a un tipo que sólo quiere ser un músico, y él tiene que huir peleando a brazo partido, dando respuestas estúpidas a los que le hacen preguntas sesudas en las ruedas de prensa, y finalmente, cambiando radicalmente la orientación de su música hasta dejar desconcertados e indignados a todos los que le rodean. Dylan enchufa la guitarra y pasa el siguiente año de su vida recibiendo insultos por todos los escenarios de Estados Unidos e Inglaterra, con una entereza sobrecogedora, consciente de que ha abierto una puerta que ya no puede cerrar, que el rock ha perdido la inocencia y que el es el oficiante de la ceremonia. Scorsese lo observa casi aturdido, y fija la mirada sobre un momento que como amante de la música reconoce crucial, con una crudeza absolutamente admirable. El tipo que le gritó ¡Judas! es la última voz antes del comienzo de la Historia.

09 enero, 2006

Vuelta a casa para la Europa judía


Disfruto estos días por primera vez de Philip Roth, y está siendo lento y... divertido, lo reconozco, y eso que los términos suelen contradecirse. "Operación Shylock" es una excusa tragicómica para que Roth reflexione sobre el papel real del estado de Israel en la historia de los judios, las injusticias vividas y aún latentes, el extremismo sionista y la presencia hebrea en nuestro planeta, y lance una atrevida teoría que uno nunca llega a saber si defiende o repudia: el Diasporismo, es decir, la vuelta masiva de los judios de origen europeo a las posesiones que ocupaban en Alemania, Polonia, Chequia y toda Centroeuropa antes de la pesadilla de los campos de concentración y el Holocausto, abandonando un estado israelí que lejos de convertirse en un lugar de recogida, ha devenido un monstruo ingobernable de violencia y odio, metido en una espiral de guerra y destrucción que parece ya para siempre imposible de solucionar con sus vecinos de Oriente Medio.

Magistralmente, Roth se desdobla en un "alter ego" que le suplanta físicamente, dando conferencias, entrevistas y lanzando provocadoras teorías, sobre el fondo de una Jerusalén levantada en armas con la violencia a flor de piel. El enfrentamiento directo con el suplantador da lugar a maravillosas e interminables discusiones sobre los judíos y su mundo, en las que Roth defiende con pasmosa facilidad teorías contrapuestas, entre lo sublime y lo ridículo, y nos presenta algunos secundarios disparatados: un anciano donante millonario que aún conserva la maleta con la que llegó de Europa, un confidente palestino, una lúbrica enfermera amante del doble de Roth y militante de Anti Semitas Anónimos... todo tremendamente lúcido en medio del caos, completando un cuadro apabullante en el que al fondo parecen distinguirse cuatro o cinco ideas claras sobre el mundo hebreo que me han dejado profundamente satisfecho. En una de sus divertidas piruetas, uno de los personajes defiende que, en Estados Unidos, Irving Berlin era un brazo armado del sionismo contra los "gentiles" cristianos, a los que destrozó para siempre las tradiciones religiosas de sus navidades sustituyendo a Jesucristo por Bing Crosby... así de divertido, y a la vez de crudo es todo el libro. Un autor al que seguiré leyendo, sin duda.