Bailando viendo bailar

Hace ya un par de semanas, pero no quería dejar de escribir algo sobre mi paso por el Teatro Albéniz para ver a Tamara Rojo y a Julio Bocca, junto al Ballet Argentino que dirige el último. Uno de esos eventos que levantan enorme expectación, ya que era la primera vez que ambos bailaban juntos; el argentino se retira el próximo año, por lo que es seguro que ya no habrá otra oportunidad.
Soy un recién llegado al ballet, lo reconozco. Creo que era la tercera o cuarta vez que iba a un ballet clásico, aunque sí soy un habitual en los buenos espectáculos de baile flamenco que afortunadamente son habituales en Madrid. Hubo una primera vez en la que, de forma casi casual, me encontré sentado en un patio de butacas esperando el inicio de "Giselle" sin saber a lo que me enfrentaba. Casi tres horas después salí... emocionado, no me importa confesarlo. Es un espectáculo de una sutileza extraordinaria, algo tan delicado que casi parece un milagro en estos tiempos de la percusión y el grito. La asombrosa coordinación, la belleza de la música, la expresividad del cuadro... y por supuesto, el cuerpo humano danzando, la armonía perfecta que respira cada centímetro de piel. Leía hace poco una explicación científica sobre el disfrute tan especial que nos produce contemplar la danza, según la cual, cuando estamos viendo bailar, la imagen que se produce en nuestra mente es como si ya estuviéramos bailando, como si pudiéramos superar las barreras que nuestro cuerpo nos impone y estuviéramos volando como a veces parece que lo hacen los bailarines.
Ya había visto el pasado año a Bocca haciendo baile contemporaneo: está al final de su carrera, cuando el cuerpo ya no resiste para hacer determinados Pas de deux, pero está en pleno apogeo de expresividad con el menor desgaste físico, bailando con las manos y la mirada, y bailando también sin bailar, en esos momentos en que la pausa es más emocionante que seguir en movimiento. Nunca había visto a Tamara Rojo, y percibes desde el primer momento la calidad de la estrella, cuando, más allá de la técnica impecable, hay una personalidad distinta sobre el escenario. Alguien que parece bailar desde otra dimensión, el gesto de la cara, esa piel blanca que parece irradiar la luz, una presencia que llena completamente el teatro. Sus apariciones fueron sólo en algunos números, por lo que espero la oportunidad de volver a ver a esta mujer prodigiosa en alguna obra completa.
Habrá que seguir insistiendo con el ballet clásico. Ya lo he disfrutado en estas primeras veces, pero espero que algún día me pegue el mismo mordisco en el estómago que he sentido al vuelo del cajón flamenco, como aquel día prodigioso en que Eva Yerbabuena, en medio de un huracán de brazos y de música, se paró y dió un paso lentísimo, eterno, como si aguantara en los pulmones todo el aire de la noche de verano y mil años de baile de los gitanos, y después explotó de nuevo en una locura de tientos y bulerías, sin aliento para recuperarnos.

